La cita iba de maravilla. El restaurante era precioso y la comida estaba resultando deliciosa. El ambiente era casi perfecto, apenas había 10 personas y además estaban lo suficientemente distanciadas como para que la velada resultase íntima. Una suave luz procedente de varias velas colocadas sobre las mesas, iluminaban suavemente el comedor. De fondo sonaba la dulce melodía de un piano, mezclada con un suave murmullo y alguna que otra risa. En definitiva, todo iba sobre ruedas para que aquella se convirtiese en la mejor primera cita de los últimos años.
De repente, sonó un bip. Ella, abrió su bolso y rápidamente sacó su teléfono móvil. Deslizó el dedo sobre la pantalla dibujando una extraña figura y casi de inmediato, con la luminosidad de la pantalla, apareció en su rostro una sonrisa picarona a la que siguió un rápido movimiento de pulgares. Una leve pausa... y un movimiento de pulgares. Otra leve pausa... y movimiento de pulgares. Pausa... movimiento de pulgares. Pausa... movimiento de pulgares...
Cuando finalmente aquella sucesión de pausas y pulsaciones terminó y se dispuso a guardar el teléfono en su bolso para volver a centrar su atención en el restaurante, su rostro cambió nuevamente. En esta ocasión, aquella sonrisa picarona que había mantenido mientras conversaba por teléfono, desapareció por completo. Pocas personas son capaces de seguir sonriendo cuando se dan cuenta de que las han dejado solas en un restaurante... y por supuesto, con la cuenta sin pagar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario