Había perdido la cuenta de cuántas veces se había despertado esa noche. Siempre de la misma forma, angustiado, sobresaltado, muy triste; con la única esperanza de mirar el teléfono y encontrar un mensaje que abriese una puerta a la reconciliación. La misma escena se repetía y repetía cada veinte o treinta minutos... Pero el mensaje no llegó. Si lo hizo el alba, con una luz distinta, tenue; que dibujó el día de blanco y negro.
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