Nunca veía el momento apropiado para decirle que estaba enamorada de él. Unas veces porque no era el momento, otras porque le daba miedo que la rechazara, otras porque esperaba que algún día pudiese escuchar esas palabras en lugar de pronunciarlas, y otras simplemente por cobardía.
Así fue pasando el tiempo, hasta que un día, sin pensarlo ni esperarlo, ella al fin dijo:
-Te amo. Desde hace muchísimo tiempo, pero nunca he tenido el valor de decírtelo a la cara. Poder demostrarte todo el amor que he atesorado durante tanto tiempo por tí ha sido el motivo de mi existencia. Y ahora la verdad... no sé por qué estoy diciendo esto, y lo peor aún... no sé qué va a ser de mí.
El llanto ensordecedor con los gritos de dolor de quien sabe que ha perdido al amor de su vida, terminaron con aquella declaración. Y allí, sentada junto al ataúd que contenía su cuerpo, fue cuando reunió el valor y el coraje suficientes para decirle lo que sentía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario