Todos los días laborables iba al mismo restaurante y se sentaba en la misma mesa. Aunque variaba el primer y el segundo plato, de postre siempre pedía una naranja. A pesar de llevar más de un año repitiendo aquel comportamiento sin saber a ciencia cierta si lo entendían, siempre dejaba algo de propina junto a la media naranja que nunca se comía.
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