Ya apenas sonreía, y cuando lo hacía, era por cortesía. Los tiempos en los que jugaba, cantaba, bailaba y contaba anécdotas y cuentos a sus niños, quedaban muy lejos. No recordaba quién le dio el último abrazo como muestra de afecto y agradecimiento; ni cuando se lo dieron. A pesar de ello, siempre con un semblante serio y amable, cada día se esforzaba para dar la mejor instrucción posible a sus alumnos. Lo triste era que había dejado de darles lo mejor de sí mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario