Aquel era el payaso más gracioso que había visto en toda su vida. Por eso, al terminar la función, se acercó a darle la enhorabuena y a decirle que le admiraba por el don que tenía de hacer reír a tanta gente. El payaso, muy agradecido, le dedicó la mejor de sus sonrisas, al mismo tiempo que pensaba para sí, que tendría que seguir escondiéndose para llorar.
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