Caminaba deprisa, mirando al suelo y repitiendo una serie absurda de pisadas: baldosa, baldosa, línea; baldosa, baldosa, línea... Fue entonces cuando su maletín golpeó en el bolso a una mujer que paseaba con su hijo. Ni si quiera se hubiese detenido a pedir disculpas si no hubiese escuchado aquella pregunta:
-¿Mamá, por qué tiene tanta prisa ese muchacho?
La madre quedó callada, observando al muchacho, que la miraba, ansioso por escuchar lo que respondería a su hijo.
-No lo sé hijo -respondió- pregúntale a él.
El muchacho, antes de que el niño tuviese tiempo de decir nada, respondió avergonzado:
-Yo tampoco lo sé.
Y con esa duda, permaneció allí durante varios minutos, callado, inmóvil, con la mirada perdida; hasta que se dio la vuelta y reanudó su marcha muy despacio. Por primera vez, observó los rostros de la gente que caminaban junto a él por aquella acera, devolvió la sonrisa a una niña que pasó a su lado y se dio cuenta de que era primavera, pues se escuchaban pájaros de fondo y los árboles estaban floreciendo.
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