Estaba desnudo. Muy excitado. Jadeaba con cada embestida. Gemía cada vez que sus uñas se clavaban en su espalda y su lengua rozaba su pecho. Se sentía felizmente atrapado entre sus piernas, de las que por la fuerza con que lo abrazaban, le parecía imposible escapar. Así fue como se enamoró perdidamente durante tan sólo 30 segundos. De ese modo tan real, pero fugaz y efímero, conoció la forma más sincera de amar que encontraría en toda su vida.
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