Triste y abandonada. Así se sentía aquella guitarra en aquel desván. Sin duda, un trágico final para un instrumento del que nacieron tantas historias, canciones y melodías. Había llegado hasta allí, abandonada por alguien que no era capaz de recordar la magia de los momentos que vivieron juntos. Alguien que, seguramente, ya no recordaba aquellas primeras canciones con las que descubrieron juntos la música. Alguien que olvidó todos los momentos en los que se tuvieron como única compañía. Alguien que ignoró las risas, lágrimas, versos y besos que, a veces, regalaron; y otras, robaron. Alguien que arrinconó en su mente lo que con ella había aprendido, dejando caer en el olvido a aquella guitarra que tanto le había dado y gracias a la cual había llegado a ser mejor persona.
Por eso, en aquel desván, sonaba la música más triste que podía sonar: el silencio.
Por eso, en aquel desván, sonaba la música más triste que podía sonar: el silencio.
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