Después de mucho tiempo, el destino les llevó a cruzarse en aquella calle. Sin duda, fue un reencuentro extraño, ya que no hubo besos, ni abrazos... ni tan siquiera una sola palabra.
Allí, entre apenas una decena de personas y separados solamente por una calzada sin apenas circulación, ambos siguieron caminando hacia el frente muy despacio, como si quisieran que el tiempo se detuviese. Pero cuando casi estaban a punto de volver a separarse, se produjo un gesto: un brazo en alto con una mano cuyos dedos índice y corazón tocaban la sien de un rostro triste, que con la mirada ausente y una sonrisa forzada, ofrecía un adiós que nunca había llegado a dar.
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