Erase una vez un lugar muy extraño en el que el ambiente olía por igual a amor y tristeza. Sus calles asfaltadas con cariño. Los edificios construidos con lágrimas. Las plazas, hechas de pasión, estaban adornadas con fuentes llenas de dolor. Sus parques, de miradas perdidas, se decoraban con jardines de ilusiones repletos de flores marchitas. En las escuelas se aprendía a besar, pero también se enseñaba a dejar de amar. Y en los bares, era donde se ahogaban las penas entre historias con principio y sin final.
Aquella era la ciudad de los besos... de los besos que no se dan.
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