Nunca había sido muy supersticioso. Pero un martes doce, cuando iba conduciendo hacia el trabajo, se le cruzó un gato blanco. Por no atropellarlo, dio un volantazo y golpeó su retrovisor contra una farola. Fue entonces cuando se preguntó que habría pasado si aquel gato hubiese sido negro, el martes hubiese sido trece y el espejo se hubiese roto.
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