miércoles, 9 de octubre de 2013

Dividir por dos.

Primero sumar. Después restar. Más tarde multiplicar y por último dividir. Así es como lo hacen en la escuela. Pero la vida, maestra entre maestras, no sigue secuencias lógicas. A mí, sin saber sumar, restar, ni multiplicar; hoy hace 29 años que me enseñó a dividir. A dividir por dos. 
A dividir el afecto y el cariño, sin que se hiciese más pequeño. A dividir la atención que recibía, sin por ello quedar desatendido. A dividir la protección, sin dejar de estar protegido. A dividir las caricias y los besos que me daban, a cambio de tener alguien más a quien darlos. A dividir la educación recibida, mejorándola. A dividir la culpa, pues ya tenía alguien con quien poder compartirla (o echársela). A dividir algunos juegos. En definitiva, a dividir casi todo lo que antes era únicamente para mí...
Pero lo importante de esta historia, no fue que aprendiese a dividir, sino aprender que dividir todas esas cosas, también te divide a ti hasta el punto que dejas de ser la persona más importante en tu vida, ya que esa importancia, también se divide.



A Isabel. 
Te quiero mucho.

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